LÓPEZ MEJÍA, ALEJANDRO
Alfonso Duarte se despertó exaltado el día de Nochebuena. Se sentía seguro de vivir en el centro de Washington, en un apartamento en el primer piso de una casa dividida en cuatro viviendas. Allí estaba lejos de los animales salvajes que rondan los suburbios. Sin embargo, vio cómo una zarigüeya se acercó al pie de su cama y le mostró sus dientes filosos, listos para perforarle su nariz aguileña y sus cachetes regordetes. Cuando la chucha iba a atacarlo, saltó de la cama y pensó casi en voz alta: rnu2014u00abu00a1Maldita sea! Esta pesadilla es culpa del bendito puma que Antonieta trajo anoche de sorpresa. u00a1Es el colmo que no me consultara!u00bb. rnDe mal genio se levantó. Fue al baño de su alcoba a orinar un chorrito sin fuerza típico de los ya entrados en años. Era su cuarta pipisiada desde que se acostó la noche anterior. Una vez aliviadas sus necesidades, sacó del gabinete las multivitaminas y las pastillas para el colesterol y la prediabetes. Se las tragó bebiendo del grifo, a sabiendas de que su mujer le insistía en tomar sólo agua embotellada porque la de la llave tenía mucho plomo. Se dijo: u00abQue no me jodan; si me muero, me muero y yau00bb.